Las figuras se yerguen imperiosas sobre el medio que las acoge. Se trata de un entorno adverso, desfavorable, ruinoso. El pavimento está lleno de escombros, distribuidos en islotes de diversos tamaños, que generan paisajes inusuales y dinámicos. Es curioso que los desechos puedan llegar a ser tan estéticos: la heterogeneidad de sus colores y texturas les aportan cualidades plásticas sorprendentes. Atributos que potenciarán a la protagonista indiscutible de este escenario, la mujer.

Algo parecido ocurre con la antigua arquitectura industrial, de la cual solo quedan los restos desvencijados de lo que un día fue un edificio. Las paredes están ennegrecidas y repletas de pintadas, la techumbre fracturada y los vanos sin cristales e incluso algunos de ellos apuntalados. Sin embargo, todas estas aperturas espaciales, muchas de ellas tejidas por el tiempo, se convierten en auténticas fuentes de luz que bañan y esculpen las formas de la corporeidad femenina.

Y es que en realidad cada elemento ha sido pensado y dispuesto para servirles a ellas, para ensalzarlas a ellas. Porque en definitiva, la serie no deja de ser un homenaje a la mujer y a su carácter incomparable. Juan Mas-Bagá lo tiene claro, el género femenino es el único con el que se siente capaz de identificarse, solo en él puede encontrar la sensibilidad y la conexión necesaria para realizar una buena fotografía. Aunque el proceso no es fácil, las modelos que ocupan sus paisajes han sido especialmente escogidas: en su actitud tiene que percibirse comodidad, de su mirada tiene que desprenderse magia.

Para Mas-Bagá la mujer es portadora de una dicotomía que en principio podría parecer contrapuesta, la fragilidad y la fuerza inherentes a su ser. La fragilidad es expresión de su lado más humano y de su delicadeza afectiva. La fuerza es muestra de su resistencia ante las dificultades y de su tenacidad. Con el objetivo de enfatizar estas propiedades que forman parte de su naturaleza, el fotógrafo busca las localizaciones más oportunas, adecua la escena, juega con la luz, acondiciona las vestimentas…

La indumentaria elegida no es casual, un vestido corriente no hubiese destacado la preponderancia de la figura frente al hábitat hostil. Los drapeados de la tela infinita integran al personaje en el ambiente al mismo tiempo que le ayudan a prevalecer sobre él. Por último, se añade un elemento esencial que sirve a este mismo propósito, el podio oculto tras el tejido. Su presencia es imperceptible, pero contribuye sutilmente a subrayar esa sensación de grandeza que brota de las mujeres elevadas, las metafóricas colosas.

Es cierto que la palabra coloso, referente a las estatuas de gran magnitud desde la antigüedad, pertenece al género masculino; sin embargo, en esta ocasión el término es utilizado para referirse a la grandiosidad de la mujer. Es capaz de sobreponerse al medio y a los adversarios más nocivos, pero también es un ser vulnerable. No hay que olvidar que incluso el coloso más famoso y gigantesco de la antigua Grecia, el de Rodas -construido para proteger a la ciudad- fue derribado a causa de un terremoto. La fuerza y la fragilidad no son excluyentes, van siempre de la mano.

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